Pintar es un viaje, una búsqueda y el hallazgo de lo desconocido es desprenderse de parte de uno mismo, un proceso mutilante tras el cual se revela la verdad de uno mismo. El lienzo se llena de paisaje, entendido como sentimiento y no como realidad tangible. Así se transforma su subjetividad absoluta e interpretable y nunca como la representación gráfica de la verdad sensorial. Se trata de interpretar el paisaje “sentido / sentimental” con los correspondientes aderezos, que son las abstracciones-metáforas / ideas-símbolos de aquellas realidades que siempre acompañan al paisaje-recuerdo.

          Ante tanto aparcamiento empobrecedor y poco vibrante del mundo, ante tanta injerencia extraña hay que recuperar la pasión creadora, la necesidad de expresar los sentimientos de una manera visceral. Pero los sentimientos deben partir de algo, preferiblemente de algo tan sencillo como la Naturaleza, pero percibida no de un modo real si no apasionado; menos reflexión y más emoción.

          El paisaje como imagen romántica es la clave del poder, de la violencia y del miedo. Imponente y terrible, se convierte en el emblema de lo femenino, de lo materno: inicio, prólogo, entrada, agujero, nacimiento. Nos invita a sumergirnos en el mundo y descubrir lo que se esconde. Porque detrás de lo evidente hay otros elementos ocultos que se intuyen. El proceso activo de ver el cuadro implica levantar ese velo, entrar y descubrir (asombrarse con lo que lo que allí se esconde) el misterio que encierra lo Humano / Femenino.

          El paisaje se disgrega y a medida que la búsqueda a través de este se complica, cada paso dado es un tropiezo y lo conocido se vuelve turbio e inaccesible. Pero el descubrimiento conduce al conocimiento, al horror de despertar del sueño (que es cómo vivimos la vida), a enfrentarnos con nuestra contradicción vital.

 

          Sí el pensamiento humano es el resultado del encadenamiento de las ideas en una infinita sucesión de asociaciones mentales, en las obras de Francisco Ceballos sus elementos se comportan de forma similar. Es la consecuencia de asociaciones intelectuales resultantes del análisis de las relaciones espaciales y geométricas entre las líneas, las formas, las manchas y los colores ordenados dentro de los límites de la tela. Así organiza una geometría especulativa tan compleja como los procesos intelectuales.

          Ceballos juega con las palabras que sugieren las imágenes, asociando su significado unas veces con la sonoridad y en otras con su etimología. A continuación, solapa sobre la tela combinaciones numéricas de varios elementos y sus múltiplos, asociadas a referencias simbólicas como la figura del artista (el yo) frente al modelo (que en ocasiones se representa como el propio lienzo y otras como él mismo). Francisco juega con los opuestos como es la ventana frente al espejo, que es por donde contemplamos el entorno y a través de la que vemos el reflejo del mundo. También lo consigue representando la búsqueda versus el hallazgo o la caída con su anverso, el ascenso.

          Si nuestras ideas se entrelazan entre sí, conectando en un mismo momento temporal sensaciones, recuerdos y reflexiones, sus obras se comportan de igual modo. Como si de una experiencia mental se tratara las líneas, las formas, las manchas y los colores se solapan formando un complejo mapa intelectual. En ocasiones estos procesos mentales quedan ocultos, pero al menos quedará rastro homeopático, el cual sirve de guía para una contemplación reflexiva de la obra.

          El solapamiento de significantes (sensaciones, ideas, recuerdos, experiencias, conocimientos, cultura, el trabajo de otros artistas) genera la complejidad a la obra que facilita su visión desde varios prismas. Busca Francisco Ceballos acumular ideas de forma ordenada en niveles de interés. Algunas van quedando relegadas en perjuicio de otras más interesantes o congruentes con el resto, pero en ningún caso quedarán eliminadas del cuadro. Su huella permanece escondida tras capas de pintura, intuyéndose su rastro de forma más o menos perceptible.

          Ceballos sugiere diferentes argumentos para que el espectador puede apreciar alguno de ellos. Es un pintor antiduchampiano. No quiere conducir al espectador a su territorio porque su pretensión es que aquél comprenda y comparta sus vivencias. Siempre debemos comportarnos de forma meditada y conseguir ser nosotros de forma directa los receptores de las manifestaciones artísticas, eligiendo el libre pero reflexivamente de entre todo lo que los creadores ofertan. Así se ha ido forjando el Arte y sus reglas, desde la antigüedad cuando no había autores sino artesanos al servicio de quién pagaba. Los demás personajes implicados, a pesar de la importancia que han ido acumulando, deben limitarse a desarrollar su papel secundario.

 

          Pintar es una exploración, un proceso de investigación por el cual se descubren nuevas realidades. El hallazgo de los aspectos ocultos es un acto autodestructivo; es desprenderse de parte de uno mismo tras lo cual se revela una verdad desconocida de uno mismo.

          El arte es perseguir lo innombrable. Por eso pintar lo conocido aburre tanto al pintor como al espectador y por eso se impone la búsqueda de lo oculto que es descubrir nuevos mundos a través del color.

          Ver es recordar; el que contempla, se perpetua. Miramos tan solo aquella parte de lo que nos rodea que queremos recordar, el resto ni siquiera lo percibimos.