Serie SINTAGMAS

            El artista vocifera y a nadie le interesa. Busca un camino y se va acomodando a lo que le interesa al espectador, pero nadie le interesa. Cambia una y otra vez y a nadie le interesa. Cuando, algún día, su camino coincida con la mayoría, entonces estará derrotado.

            Podemos decir de manera concreta: los espectadores actuales están sobrecargados por un monumental memorándum mnesico que cubre con un velo desesperado el horizonte de sus intenciones y deseos. Cualquiera puede hacer la observación por sí mismo: la historia del arte es un vértigo similar al de la historia de la humanidad y que nos convierte en nuestra duración individual y nuestro espacio estrecho, mejor que todas las vanidades, a nuestra pequeña medida. Las aventuras modernas de las vanguardias, que fueron relativas, han dado paso a la difusión de un presente sin rumbo ni certeza, desorientadas.

            Lo capital es el discurso y que este guste al capital. Los argumentos-mentiras-opiniones deben organizarse en torno a un esquema previo, dirigido a condicionar las acciones y las ideas del otro. Esta es la clave para que un mensaje resulte exitoso. En el arte actual el texto es el discurso organizativo básico en torno al que gira toda la argumentación artística. Un escrito bien estructurado que simule una coherencia compleja es un elemento de triunfo; en cambio la obra es secundaria. Un acto sin ideas es un vacío en el mundo posmoderno.

            La lucha es contra el mundo y no contra uno mismo, que ya está convencido. Hay que persuadir al otro-enemigo y para ello valen todas las armas: el engaño, el halago fácil, los espacios comunes, las ideas previas, las disertaciones vacuas disfrazadas de profundidad. Todo vale con tal de ser escuchado.

 

            Una las tareas primordiales del creador es dotar a su obra de la trascendencia necesaria para que esta cumpla los criterios de la liturgia moderna del arte. Parte primordial de este ritual contemplativo, común a todas las representaciones artísticas, es el silencio contemplativo. Pero el arte es puro ruido, resulta de entrechocar y enfrentar elementos en una huida compleja de la disonancia, en la que fricción constante de los elementos plásticos genera el pensamiento cromático.

            El arte está lleno de aparato porque participa de una liturgia, de su boato dónde todo es pompa y circunstancia. Los practicantes son los clientes de esta nueva religión artística se dejan guiar por los oficiantes de un culto vacuo e impersonal, del obtienen réditos inmediatos.